lunes, 8 de junio de 2009

Ya que el tema que sigue es la cultura quiero compartir dos articulos relacionados al tema de la cultura desde la perspectiva de la filosofía.

Capítulo I.
La inspiración filosófica.
La filosofía en la Calle
Por Santiago Fernández Burillo



I. La inspiración filosófica
II. El materialismo común
III. El "culturalismo", o relativismo postmoderno

I. La inspiración filosófica
La filosofía en la calle

En muchas ciudades de nuestro país hay una vía pública que lleva el nombre de «Balmes». El filósofo de Vic, Jaime Balmes (1810-1848) es un "clásico" moderno, su pensamiento posee actualidad. Es interesante observar que a esas calles o plazas no se les ha modificado el nombre a pesar de los cambios de régimen político que se han sucedido. Nunca pareció necesario marginar a Balmes; es patrimonio común. Existe también una filosofía clásica, una philosophia perennis, patrimonio de todas las generaciones, que es a la vez saber maduro y búsqueda abierta.
Los clásicos no son antiguos, sino actuales. Lo característico de ellos es su «actualidad». También las modas gozan de actualidad, pero efímera. Los clásicos no necesitan (ni suelen) estar de moda. Son actuales siempre. Hay cosas que interesan al hombre de todos los tiempos. Hoy muchos pasan por esa calle: tal vez desconocen quién fue Balmes y no se lo preguntan. También es posible que ignoren qué es la filosofía, qué es un clásico o qué un régimen político. Realidades invisibles, como el aire y la luz; vivimos en medio de ellas, aunque no nos demos cuenta.


La admiración, origen del filosofar

Podemos desconocer lo que tenemos cerca. Normalmente ignoramos lo más próximo: estamos acostumbrados, no nos causa extrañeza, ni admiración; por eso no nos hacemos preguntas. La pregunta que entraña una pretensión de saber, de averiguar, presupone la admiración: una extrañeza y una cierta maravilla. Maravillarse es advertir que no entendemos. La maravilla nos hace ver en lo ordinario algo insólito. Los filósofos de la antigua Grecia dijeron que la investigación y la filosofía nacieron de la admiración.
Hoy en día se acepta que la humanidad posee un alto nivel de conocimiento científico, y eso la hace poderosa. Es cierto, pero dudamos si el edificio del saber humano es «seguro». Su prestigio ¿no se desplomaría si el hombre sólo lo hubiera soñado, si fuera mera invención de nuestro deseo de seguridad?


El valor de la filosofía

Al comenzar, tal vez nos preguntemos: «¿Para qué sirve la filosofía?» Se podría responder: «no sirve para nada». Aunque se dé esa respuesta, no deriva de ahí que no sea valiosa. No es lo mismo ser útil que valer. Servir para otra cosa es un tipo de valor, el valor de utilidad, propio de los medios. Todos los medios –o útiles– son valiosos; mas no todos los valores son medios. Los medios son buenos para otra cosa, los fines son buenos en sí mismos.
Hay preguntas que se plantea el hombre en todo tiempo. Una de ellas tiene que ver con la diferencia entre el saber «técnico» y el saber «liberal» (o desinteresado), esto es, la diferencia entre dominio del mundo y libertad interior, técnica y ética, cosas y personas, en una palabra: el mundo y el hombre. Éstos son temas clásicos del pensamiento filosófico, y cobran especial interés en la actualidad.
Con un lenguaje propio de su época, J. Balmes formulaba agudamente algunas de estas cuestiones en un libro publicado en 1846:
«Todo lo que concentra al hombre, llamándole a elevada contemplación en el santuario de su alma, contribuye a engrandecerle, porque le despega de los objetos materiales, le recuerda su alto origen y le anuncia su inmenso destino. En un siglo de metálico y de goces, en que todo parece encaminarse a no desarrollar las fuerzas del espíritu, sino en cuanto pueden servir a regalar el cuerpo, conviene que se renueven esas grandes cuestiones, en que el entendimiento divaga con amplísima libertad por espacios sin fin.
»Sólo la inteligencia se examina a sí propia. La piedra cae sin conocer su caída; el rayo calcina y pulveriza, ignorando su fuerza; la flor nada sabe de su encantadora hermosura; el bruto animal sigue sus instintos, sin preguntarse la razón de ellos; sólo el hombre, esa frágil organización que aparece un momento sobre la tierra para deshacerse luego en polvo, abriga un espíritu que, después de abarcar el mundo, ansía por comprenderse, encerrándose en sí propio, allí dentro, como en un santuario donde él mismo es a un tiempo el oráculo y el consultor. Quién soy, qué hago, qué pienso, por qué pienso, cómo pienso, qué son esos fenómenos que experimento en mí, por qué estoy sujeto a ellos, cuál es su causa, cuál el orden de su producción, cuáles sus relaciones: he aquí lo que se pregunta el espíritu; cuestiones graves, cuestiones espinosas, es verdad; pero nobles, sublimes, perenne testimonio de que hay dentro de nosotros algo superior a esa materia inerte, sólo capaz de recibir movimiento y variedad de formas; de que hay algo que con su actividad íntima, espontánea, radicada en su naturaleza misma, nos ofrece la imagen de la actividad infinita que ha sacado el mundo de la nada con un solo acto de su voluntad». (J. Balmes, Filosofía Fundamental, I, cap. 1, § 4).
La cuestión del saber

Según el filósofo de Vic, es preciso filosofar, porque junto a la ciencia natural y el progreso técnico, se precisa humanidad; además, advertimos gran diferencia entre la fuerza física y la conciencia, entre lo externo y lo interior, entre la materia y el espíritu, entre el mundo y el Creador. La sola enumeración de esos temas, persuade a muchos de su dificultad. Estos asuntos –se dirá– son importantes, pero no están al alcance: son cosa de opinión o cosa de especialistas. Eso es una dificultad; tal vez la mayor para quien se acerca por primera vez a estas materias. Se nos presenta, así, la disputa sobre el mismo saber filosófico. Las razones a favor y en contra –insinuadas por Balmes–, vienen a ser estas:
A) En contra: Después de veinticinco siglos la filosofía sigue sin alcanzar utilidades claras. Continúa haciéndose las mismas preguntas. ¡Queda lejos la Edad Media! Estamos en el siglo XXI, época de continuas sorpresas, de nuevos progresos tecnológicos. La filosofía no progresa, no es científica. ¿Por qué ocuparnos de ella?
B) A favor: precisamente por eso, la necesitamos. Ciencia y técnica tenemos, pero nos falta meditar sobre la grandeza del hombre, su origen y su destino. Más allá del rendimiento y la utilidad, hemos de poder discurrir sin límites. El progreso material no basta, se necesita progreso espiritual. Ahora bien, «en este siglo de metálico y de goces» –de dinero, placer y confort–, en que «las fuerzas del espíritu» –la ciencia, el saber– se desarrollan sólo al servicio de la técnica y del mercado, se detecta un vacío de espíritu. Más que nunca se requiere un saber desinteresado, la contemplación desde las cumbres. Pensemos en fin, ¿qué nos mueve al saber? ¿Interesa sólo por su utilidad, o también porque ilumina el sentido de la existencia? ¿Qué ciencia, qué técnica se propone hacer esto último?


Filosofías previas

Así pues, la misma ciencia y el progreso material replantean la necesidad de filosofar, es decir, de ir a la búsqueda del último por qué, que dé razón de todo cuanto existe. Ahora bien, esa meta no es inasequible, ni es preciso partir de cero, aunque algunos lo hayan pretendido; seamos o no conscientes de ello, todos llegamos a la filosofía con gran número de conocimientos previos. Todos tenemos una idea –quizá confusa– de lo que significa una concepción filosófica de la realidad; y, de hecho, conocemos más de una.

Vamos a considerar tres de esas visiones (cosmovisiones) que se advierten y distinguen fácilmente en la actualidad:
La primera concibe la filosofía como sabiduría. Sostiene el primado del espíritu sobre la materia, y la libertad como señorío del hombre sobre las cosas. Es creacionista, esto es, ve el mundo como la obra de un Artífice inteligente, y al hombre como imagen de Dios.
La segunda es el materialismo "científico", actualmente divulgado y al alcance de todos. Se lo encuentra en los medios de comunicación. Contiene una concepción cerrada a la trascendencia. El hombre se basta a sí mismo, la materia es lo único que existe y es autosuficiente. A menudo concede prioridad a la moda (lo que se lleva) y al éxito (previsible a corto plazo).
La tercera es la postmoderna. Sostiene que buscar el último porqué es "pensamiento duro", intolerante. Según esta visión, la filosofía expresa sólo la mentalidad vigente en un grupo social y una época. Ni la inteligencia ni la materia pueden dar cuenta de un origen absoluto; en consecuencia, nada puede hacerlo.
Una descripción de la primera idea la hemos encontrado ya en el texto de Balmes. Consideraremos ahora, brevemente, las otras dos, para plantearnos la pregunta sobre la verdad de esas filosofías preconcebidas. Como hemos sugerido, todos nos encontramos en alguna de las tres y tal vez no lo sepamos.


II. El materialismo común

La lógica del materialismo.

Hay una imagen del hombre y del mundo –muy divulgada en los medios de comunicación– que simplifica las cuestiones y ofrece la impresión de que en la actualidad se sabe el "porqué" de todo. Esa imagen resulta de reducir siempre lo superior a lo inferior; es decir, explica lo más por lo menos. En el fondo supone que lo más perfecto es siempre más complejo; en consecuencia, cree explicar lo superior como una agregación de elementos (lo inferior). Por ejemplo, la excelencia humana sobre otros seres, estribaría en la magnitud del cerebro, o en la complejidad de conexiones neurológicas, etc. En definitiva, la perfección sería cuestión de cantidad; el hombre sería un ser superior por la sencilla razón de ser más complicado. En resumen: El materialismo explica lo superior por lo inferior; presenta las realidades más perfectas como agregados de cosas menos perfectas.
Ahora bien, ¿es evidente que perfección (ser) sea lo mismo que magnitud (cantidad), o complejidad (conexión)? Lo sería si sólo pudieran existir seres materiales. Pero, si hubiera seres inmateriales, entonces habría una gradación de perfección en el ser, inversa a su complejidad. En efecto, el ser espiritual carece de cuerpo, no tiene partes; sin embargo es superior al ser material. Espiritual y material se comparan como lo superior a lo inferior; la escala que va de las piedras a Dios (pasando por el hombre), no es un tránsito de lo simple a lo complejo, sino de lo complejo a lo más simple. Dios es la pura simplicidad, la suprema sencillez. Y lo mismo sucede con el conocimiento, la señal de la inteligencia no es acumular sino simplificar:

«Santo Tomás de Aquino desenvuelve sobre este particular una doctrina admirable. Según el santo doctor, el discurrir es señal de poco alcance del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido para suplir a nuestra debilidad, y así es que los ángeles entienden, mas no discurren. Cuanto más elevada es una inteligencia, menos ideas tiene, porque encierra en pocas lo que las más limitadas tienen distribuidas en muchas. Así, los ángeles de más alta categoría entienden por medio de pocas ideas; el número se va reduciendo a medida que las inteligencias criadas se van acercando al Criador, el cual, como ser infinito e inteligencia infinita, todo lo ve en una sola idea, única, simplicísima, pero infinita: su misma esencia. ¡Cuán sublime teoría! Ella sola vale un libro; ella prueba un profundo conocimiento de los secretos del espíritu; ella nos sugiere innumerables aplicaciones con respecto al entendimiento del hombre.
»En efecto; los genios superiores no se distinguen por la mucha abundancia de las ideas, sino en que están en posesión de algunas capitales, anchurosas, donde hacen caber al mundo. El ave rastrera se fatiga revoloteando y recorre mucho terreno y no sale de la angostura y sinuosidad de los valles; el águila remonta su majestuoso vuelo, posa en la cumbre de los Alpes, y desde allí contempla las montañas, los valles, la corriente de los ríos, divisa vastas llanuras pobladas de ciudades y amenizadas con deliciosas vegas, galanas praderas, ricas y variadas mieses.
»En todas las cuestiones hay un punto de vista principal dominante; en él se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina todo. Si al común de los hombres no les es posible situarse de golpe en el mismo lugar, al menos deben procurar llegar a él a fuerza de trabajo, no dudando que con esto se ahorrarán muchísimo tiempo y alcanzarán los resultados más ventajosos. Si bien se observa, toda cuestión y hasta toda ciencia tiene uno o pocos puntos capitales a los que se refiere los demás. En situándose en ellos, todo se presenta sencillo y llano; de otra suerte, no se ven más que detalles y nunca el conjunto. El entendimiento humano, ya de suyo tan débil, ha menester que se le muestren los objetos tan simplificados como sea dable; y, por lo mismo, es de la mayor importancia desembarazarlos de follaje inútil, y que, además, cuando sea preciso cargarle con muchas atenciones simultáneas, se las distribuya de suerte que queden reducidas a pocas clases, y cada una de éstas vinculada en un punto. Así se aprende con más facilidad, se percibe con lucidez y exactitud y se auxilia poderosamente la memoria». (Jaime Balmes, El Criterio, XVI, 7)

Ciencias y método analítico
Denominamos «análisis» a la descomposición de un todo en sus partes. El análisis se acaba en los elementos. Se llama «elemento» al resultado último del análisis, es indescomponible, simple. La sugestión de que lo superior se explica por lo inferior (es decir, que todo se explica por la materia y sus estructuras) proviene de operaciones mentales sencillas: separar y reunir, descomponer y recomponer: análisis y síntesis. El matemático usa el análisis para ir de lo oscuro a lo claro, de lo complicado a lo sencillo.
Se suele identificar «analizar» con «pensar» (o «profundizar»), pero el análisis sólo es una entre las operaciones mentales: la que resuelve un todo en sus partes, hasta las ínfimas. Cuando no se puede seguir descomponiendo, hemos encontrado un elemento. Los elementos son básicos: se entienden por sí mismos y a partir de ellos se entienden otras cosas. Con otras palabras: lo elemental es evidente, se entiende y causa saber. La ciencia se funda en elementos. Las ciencias de la Naturaleza progresan integrando (articulando) sistemas complejos, a partir de elementos simples. Pues bien, si la realidad constara sólo de materia y combinación, entonces análisis y síntesis serían los únicos procedimientos; y los elementos físicos las únicas verdades primeras.


Limitación del análisis
Si la realidad sólo fuera un agregado material de partes, el análisis sería la única forma correcta de pensar. La matemática sería algo más que una buena lógica, sería el método único. Pero si la realidad no consta sólo de elementos materiales, además de las ciencias matemáticas y las físicas, habrá otras formas de saber, otros métodos además del analítico (simbolismo, analogía, etc.). Ahora bien, hay ideas que se resisten al análisis y resultan incomprensibles si se cuenta sólo con métodos físico-matemáticos; por ejemplo: infinito o persona, son nociones que no toleran el análisis y sin embargo no son pensamientos vanos.

Por poner un ejemplo de intuición inmediata: ¿el análisis es capaz de captar la vida de la vaca? En la carnicería encontramos piezas de vaca, esto es, vaca "analizada". Pero la vida de la vaca no es una de las piezas descuartizadas ni la mera reunión (síntesis) de las piezas: por más perfecta que fuera la reunión de las piezas no resultaría la vida de la vaca, porque ésta es más, algo superior a la reunión de las partes. Lo mismo sucede con el ser personal. Si la persona fuera una reunión de elementos, si el ser personal resultara de una cierta síntesis de piezas impersonales, la persona no sería más que un agregado impersonal. Como la interioridad es inasequible al método analítico, se corre el riesgo de declararla ilusoria, lo cual sería obviamente un disparate. Lo correcto es reconocer la limitación del método analítico, y que no es el único, ni el más apto para las realidades de superior categoría. Estas reflexiones son suficientes para advertir que la ciencia analítica sirve al conocimiento de un sector de la realidad, pero no puede ofrecer todo el saber posible. La naturaleza física es una gran parte del ser, pero seguramente –lo estamos vislumbrando– no es la totalidad del ser. Y ¿no es obvio que de la confusión de la parte con el todo se derivarán necesariamente enormes dislates? Quien declara que una parte es todo, mutila la realidad, hace una reducción inadmisible.
Del caos al superhombre..., pasando por el chimpancé

El materialismo reduce lo superior a lo inferior, porque explica sólo en base a síntesis de elementos. El materialismo divulgado pretende explicar el espíritu por funciones lógicas; los procesos lógicos, por el cerebro; el cerebro por el sistema nervioso; los nervios y sus procesos, serán bioquímica y, al final, todo será la versión biológica de lo que vemos en el circuito impreso de la calculadora o el transistor cuando los abrimos; a su vez, un circuito se reducirá (en su entresijo inteligible) a algo tan sencillo como la instalación eléctrica de una habitación.
Según esa imagen, el hombre es un poderoso ordenador, resultado de la evolución de los vivientes superiores; procedentes de vivientes inferiores por evolución; y a su vez éstos de la materia inorgánica. En fin, lo único que sería necesario desde la eternidad serían partículas, espacio, y fuerzas que mezclaran las partículas durante largos períodos de tiempo, hasta que, por azar, resultara una combinación superior estable, tendente a perpetuarse y multiplicarse.

Materialismo y creacionismo
El materialismo explica la vida como un producto de la materia inerte; la inteligencia como un producto de la vida orgánica; la espiritualidad, la vida científica, moral y religiosa, en suma, como invenciones del hombre. En este sentido, el materialismo es como la inversión (el negativo de la fotografía) de la imagen creacionista del mundo.
Según el creacionismo, Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza, con una dimensión material y otra personal y espiritual. Al cosmos físico lo creó para el hombre. El mundo no existe en un sentido absoluto (no se justifica en sí mismo, no es para sí mismo), sino que existe para el hombre, para que éste lo conozca y domine mediante el trabajo manual e intelectual. La razón de ser del mundo es el hombre: permitir la vida específicamente humana (en el mundo) que culmina en el conocimiento y amor a Dios (trascendente al mundo). Para el creacionismo el mundo invita a elevar la mente del hombre a su Artífice, Dios. El mundo y el hombre deben considerarse ordenados a Dios.
El materialismo, por el contrario, sostiene que Dios no es más que una "idea", un producto mental del hombre. No entiende a Dios como creador del hombre sino al hombre como creador de Dios; y, en fin, el mundo (o mejor, el caos y el azar) ha sido el productor del hombre. Para al materialismo, el espíritu es producto de circuitos neuronales; y las neuronas, producto de la materia.
El esquema materialista

En ocasiones el esquema del materialismo se presenta como un resultado de la ciencia («materialismo científico»), para el cual sólo existe la Naturaleza (átomos, espacio, fuerzas...); la Naturaleza produce por evolución al hombre; el hombre produce la sociedad, el lenguaje, la cultura. En fin, la ciencia, el arte, la filosofía y la religión son los niveles superiores de la cultura. Todo sería un proceso que va integrando elementos y, a partir de materia inerte, se alza hasta la vida, después llega al hombre y, por fin, hasta el pensamiento consciente. Además, en el esquema de este materialismo divulgado, cada uno de nosotros sería un producto de su cultura y las culturas productos sociales e históricos. En semejante planteamiento, las explicaciones son hasta cierto punto triviales, se diría que superfluas. La vida no tiene misterio, las ciencias lo explican todo..., y no hay más. Pero la vida nos hace sospechar que hay más, y si en efecto hay más, entonces habrá que reconocer que hay mucho más...
Tras las palabras

En esas síntesis cada vez más elevadas que se presentan en la naturaleza, el tránsito de lo inferior a lo superior, en el fondo, se justifica siempre de la misma manera: «por evolución, de los mamíferos superiores surgió el hombre», etc. Ahora bien, ¿qué quiere decir, exactamente, «por evolución»? Con exactitud, no se sabe. Es una incógnita. Subrayemos esto: ¡La explicación reposa sobre una incógnita! Dadas unas modificaciones lentas (o súbitas), pequeñas (o grandes), sobrevenidas por azar, es decir, sin causa o por causa desconocida... entonces alguna novedad entra en escena. Todas las novedades entran así en escena, por causas desconocidas. ¡Valiente explicación!
Ciertamente, la biología contempla fenómenos en los que parece razonable la evolución, desde formas simples a formas cada vez más complejas. Ahora bien, lo que los mismos biólogos no tienen claro es cómo se explica el hecho. Hay incluso biólogos de primera categoría y ajenos al creacionismo que reconocen que la evolución observada obedece a leyes desconocidas. Con otras palabras, tal vez hubo tránsitos de lo inferior a lo superior; lo confuso es «cómo». En definitiva: ¿cuál es el origen de esas leyes que hacen posible la evolución en un sentido determinado? Hoy por hoy la biología no lo sabe, y muchos se inclinan a pensar que la explicación no está sólo en el pasado (en una causa material), sino también... ¡en el futuro!, es decir en algo así como lo que los clásicos llamaron causa final.
Es claro también que el materialismo no es científico en modo alguno. John Eccles, premio Nobel de Neurofisiología, lo ha calificado incluso de "superstición".
En consecuencia, al comenzar a discurrir sobre el sentido de la existencia del mundo y del hombre, lejos de asumir acríticamente explicaciones pseudo-científicas, nos proponemos partir de que no sabemos qué significan las palabras invocadas anteriormente. Partimos de que hay mundo y hay personas, entre las que nos contamos. Partimos también de que no es evidente que la Naturaleza sea sólo materia, espacio y fuerzas; ni es evidente que el hombre sea un robot, ni que la "inteligencia artificial" sea inteligencia "vital". Probablemente no sepamos aún qué significa "materia", qué "espacio", qué es el "número", qué el "hombre", etc.
En el punto de partida del filosofar, no pretendemos estar en posesión de ninguna certeza indiscutible. Por tanto, lo primero que tendremos que hacer será buscar definiciones: «de-finir», delimitar el perfil de las cosas, averiguar qué las distingue y qué las asemeja a las demás. Esta tarea nos remite a la lógica, como orden de los conceptos, o "arte de pensar" correctamente.



III. El «culturalismo», o relativismo postmoderno


Ciencias sociales y «cultura»
Después del marxismo, prolifera en medios académicos un materialismo atenuado, que denominaré «culturalismo». Más que una teoría es una mentalidad. El origen del culturalismo se debe, por una parte, al descrédito de la filosofía en el s. XX y, por otra, al auge de nuevas ciencias –provenientes, por cierto, de la filosofía–, que conservan interés humanístico, son las llamadas ciencias sociales. Para éstas, el ser humano debe ser estudiado como producto del medio sociocultural; cada sociedad tiene su cultura y conforma sus individuos a su imagen.


El relativismo postmoderno

Por otro lado, es hoy frecuente la creencia de que sobre cuestiones últimas no se puede saber nada. La verdad sobre el hombre y el mundo, sobre nuestro origen y destino, es impenetrable. Aún más: el intento de encontrar la verdad es pernicioso, porque propugna sistemas cerrados al diálogo y al consenso social, a la diversidad de opiniones, de opciones, de culturas, etc. La actitud post-moderna valora la tolerancia universal y propone para ello una renuncia al fundamento; tan fundamentalista le parece el materialismo como el creacionismo. Este culturalismo se diferencia de las filosofías anteriores en que se esfuerza por saber de todo, pero sin afirmar ni negar nada. Su ideal de persona culta es alguien con «acceso» a mucha información, pero sin convicciones. La idea del culturalismo es que hay que conocer todas las ideas, para no comprometerse con ninguna.
Al desinteresarse de la verdad objetiva, este culturalismo postmoderno refiere el valor de las cosas a las apreciaciones de una comunidad. Como el escepticismo de siempre, intenta cancelar el valor de la verdad. Pero es imposible; la verdad es solamente suplantada: no será ya la adecuación de nuestro pensamiento a la realidad de las cosas, sino la opinión o la sensación que se tiene dentro de un grupo. Aparecen así «subculturas» propias de comunidades restringidas, cada una de las cuales tiene "su" verdad (la comunidad de los universitarios, la de los consumidores, la de los homosexuales, etc.). Los valores de cada cultura son autónomos: no se pueden poner en relación ni comparar; cada cultura es un mundo aislado. El intento de enjuiciar los criterios del indígena, del gitano, etc., por parte de aquellos que no lo son, se considera etnocentrismo, una falta de respeto. Aparentemente el culturalismo permitiría una mayor comprensión de las culturas ajenas –y de las personas que pertenezcan a ellas– pero en realidad facilita el desinterés y la incomunicación, por el hecho de que se excluye a priori que tengamos verdaderos valores en común o que podamos compartir.

Valoración del culturalismo
El relativismo postmoderno nos merece una valoración negativa, debido sobre todo a las siguientes características:

Renuncia a la verdad. El culturalismo y el pensamiento postmoderno, como hemos visto, renuncian a la verdad en general y en particular a la verdad del fundamento. Tal renuncia siempre es grave, puesto que culmina en el relativismo subjetivista (subjetivismo puro) o incluso en el nihilismo (nihil = nada). Las consecuencias son tremendas, de ahí procede en buena parte el menosprecio de la existencia humana, de la vida de los no nacidos, de los ancianos y enfermos terminales o, en fin, de todas aquellas personas que parecen gravosas a la comunidad en que viven. En todo caso, la valoración de esta visión es la misma que merece el escepticismo. Desenmascararlo no es cosa trivial, sino cuestión de vida o muerte.

Politeísmo de valores. El culturalismo consagra un "politeísmo de valores" conducente a la incomunicación y contrario al progreso. Siempre una u otra cultura ha sido pionera en algo, en la historia, y las demás han progresado imitándola o haciéndola suya. Como forma de razonar, hay que reprocharle tres defectos que examinamos en seguida:

1º) Incurre en "circulo vicioso"; defecto, pues, de lógica
2º) Construye una pseudo-cultura, que bien podría llamarse cultura de la frivolidad; y
3º) Es estéril para las relaciones entre individuos y comunidades, ya que sólo desorienta (es confusionismo).
Examinemos con más detalle cada uno de estos argumentos:
1º) Como las sociedades evolucionan –se dice–, también los juicios de valor son variables. Ahora bien, esto introduce un relativismo general. En efecto, si lo que cada cual considera legítimo, y razonable (lo que llamaríamos lógico y sensato), son sólo creencias de época, nada podemos afirmar sin aceptar que nuestros juicios valen sólo por ahora, en este país, etc. Es decir, en un sentido absoluto no valen. La validez de todo pensamiento, de todo juicio, es provisional, y depende de su aceptación por los demás. Ahora bien, como la validez de los juicios de los demás depende también de los demás, la pescadilla se muerde la cola, estamos en un círculo vicioso del que no hay otro modo de salir que saliéndose de esa teoría. Además, con ella el progreso mismo sería inviable, porque sofocaría la aparición de esos

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